La izquierda y el desafío de volver a dialogar con el país real

Por Marcela Canéro y Paulo Loiola

La izquierda y el desafío de volver a dialogar con el país real

Las elecciones de 2026 tendrán en las urnas su máxima expresión democrática. Pero la construcción política que antecede al voto comienza mucho antes del calendario electoral. Ya está en marcha todos los días en las redes sociales, en los grupos de WhatsApp, en los espacios religiosos, en las conversaciones familiares, en los medios de comunicación, en los contenidos digitales y en los múltiples espacios donde circulan información, opinión e interpretación sobre el país. Comprender ese entorno es hoy una tarea central para quienes piensan la estrategia política y la comunicación pública en Brasil.

En los últimos años, la formación de la opinión pública atravesó una transformación profunda. El debate político dejó de estar concentrado en los medios tradicionales y pasó a ser distribuido, fragmentado y permanente. La prensa sigue cumpliendo un papel relevante en la mediación pública, pero ya no organiza por sí sola la agenda política. Convive con influencers, creadores independientes, canales de opinión, comunidades digitales, grupos cerrados de mensajería y flujos continuos de circulación y recirculación de contenidos. Este cambio transformó no solo la velocidad de la información, sino también la forma en que es percibida, interpretada e incorporada socialmente.

El avance de la inteligencia artificial acelera aún más este proceso. La producción a gran escala de textos, videos, imágenes, memes y narrativas amplía el volumen de contenido político que circula en las redes e intensifica la disputa por la atención. Al mismo tiempo, este escenario vuelve más compleja la capacidad de monitorear e interpretar críticamente lo que circula. Pero, más allá de la dimensión tecnológica de esta transformación, el núcleo de la comunicación política sigue siendo profundamente humano. Las herramientas amplían el alcance. La tecnología acelera procesos. Ninguna reemplaza la capacidad de interpretar la realidad social, la sensibilidad política y la construcción de vínculos con la sociedad.

Justamente por eso, el debate sobre comunicación electoral en 2026 necesita ir más allá de la técnica. No se trata solamente de entender algoritmos, dominar formatos o ampliar presencia digital. Existe una dimensión previa, más profunda, que organiza la disputa política contemporánea: la disputa por el sentido.

A lo largo de los últimos años, la guerra cultural dejó de ocupar un lugar periférico y pasó a estructurar una parte importante de la disputa pública. Más que un enfrentamiento ideológico o moral, se consolidó como una disputa permanente sobre la interpretación de la realidad. Se trata de definir qué valores adquieren legitimidad social, qué símbolos movilizan pertenencia colectiva, qué emociones organizan el debate político y qué percepciones pasan a estructurar la lectura pública sobre el país.

Esta dinámica ayuda a explicar por qué determinados temas siguen movilizando con tanta intensidad a la sociedad brasileña. Fe, familia, seguridad, orden, conservadurismo, indignación frente a la corrupción, crítica a los privilegios económicos, sensación de abandono institucional, deseo de estabilidad y pensamiento antisistema no aparecen solamente como temas electorales circunstanciales. Funcionan como estructuras de interpretación de la realidad. Ayudan a millones de brasileños a nombrar sus angustias, organizar prioridades, reconocer problemas y construir su percepción sobre la política y el futuro. Y justamente por eso el campo progresista no puede renunciar a disputar estos temas.

Con frecuencia todavía son tratados con incomodidad por parte de la izquierda, como si abordarlos significara adherir automáticamente a la agenda de la derecha. Pero esa lectura produce un bloqueo político importante. Ninguno de esos valores pertenece naturalmente a un campo ideológico específico. Atraviesan la vida social de la ciudadanía y forman parte de la experiencia concreta de la población. Cuando dejan de ser abordados por el campo progresista, no desaparecen del debate público. Siguen circulando, pero pasan a ser interpretados casi siempre desde un único marco político.

El centro de la cuestión está en el sentimiento de la población. La comunicación política solo llega a las personas cuando logra aproximarse a los temas a través de los cuales interpretan su propia vida y en los que se sienten representadas. La formación de la opinión pública no ocurre únicamente por la circulación de información o por la presentación racional de propuestas. También se construye a partir del reconocimiento. Las personas se conectan políticamente cuando perciben que sus preocupaciones están siendo nombradas, que sus valores están siendo comprendidos y que su experiencia concreta está siendo considerada dentro del debate público.

Cuando eso no sucede, se crea un vacío de representación. Y ese vacío rara vez permanece vacío por mucho tiempo. Tiende a ser ocupado por quienes consiguen transformar el sentimiento social en narrativa política. Por eso la comunicación necesita escuchar. Escuchar, en este contexto, no significa coincidir con toda percepción dominante ni renunciar a los principios históricos del campo progresista. Significa reconocer que existe una experiencia social concreta que necesita ser comprendida antes de ser disputada políticamente. Significa comprender que nadie establece vínculo con un lenguaje que desautoriza su experiencia cotidiana o trata sus referencias con desprecio.
Escuchar la fe no significa instrumentalizar la religión, sino reconocer que espiritualidad, esperanza, trascendencia y comunidad forman parte de la vida concreta y de la identidad cultural de millones de brasileños. Escuchar la familia no significa restringirla a un único modelo, sino reconocer que el cuidado, el afecto, la protección y la pertenencia siguen organizando profundamente la vida social. Escuchar la demanda por seguridad no significa adherir al punitivismo, sino comprender que el miedo a la violencia moldea decisiones cotidianas, altera rutinas y exige respuestas públicas concretas. Escuchar el sentimiento antisistema no significa negar las instituciones democráticas, sino reconocer que existe un desgaste institucional acumulado, una sensación de distancia y una frustración real con las estructuras formales del poder. Sin esa escucha, la comunicación se distancia de las personas. Y cuando se distancia, pierde capacidad de diálogo.

Esa desconexión también aparece en la manera en que se comunican las políticas públicas. Muchas veces seguimos comunicando desde la estructura institucional, mientras gran parte de la población percibe la política por sus efectos directos en la vida cotidiana. El debate público rara vez comienza con la defensa abstracta de una política pública. Comienza en la experiencia concreta. En el medicamento que falta o llega a la farmacia. En el precio de los alimentos. En el hijo que necesita estar protegido en la escuela de jornada completa. En el transporte que tarda. En la violencia del territorio. En el presupuesto doméstico que no alcanza a fin de mes. Es ahí donde la política pública se transforma en experiencia vivida. Y es ahí donde la comunicación necesita saber actuar.

El entorno digital vuelve esta necesidad todavía más evidente. En medio de la saturación informativa, la hiperproducción de contenidos y el avance de la inteligencia artificial, también crece la valoración de la autenticidad, de la palabra directa, de aquello que genera confianza e identificación. Esto demuestra que, a pesar de toda transformación tecnológica, la comunicación política sigue profundamente vinculada a la credibilidad, la identificación y la capacidad de producir vínculos sociales.

Frente a este escenario, el desafío de la comunicación progresista en 2026 no puede reducirse a presencia digital, dominio técnico de plataformas o ampliación de alcance. El centro de la disputa está cada vez más relacionado con la capacidad de comprender los códigos culturales del país, interpretar el sentimiento social del presente y construir narrativas capaces de conectar proyecto político, vida cotidiana y pertenencia colectiva.

La disputa electoral estará atravesada por algoritmos, inteligencia artificial y profundas transformaciones del ecosistema digital. Pero seguirá siendo, sobre todo, una disputa por la interpretación de la realidad social. Una disputa sobre quién logra leer mejor el país, reconocer sus contradicciones, comprender sus sentimientos predominantes y construir lenguaje político a partir de los temas en los que la población se ve representada.

Es en ese punto donde la comunicación vuelve a ocupar un papel estratégico central. No solo como herramienta de difusión o instrumento de campaña, sino como espacio permanente de mediación entre política, sociedad e imaginario social. Y será justamente de esa capacidad de escucha, reconocimiento y construcción narrativa que dependerá una parte importante de la fuerza comunicacional del campo progresista brasileño en los próximos años.

Sobre
Marcela Canéro es periodista cultural, estratega de comunicación, maestranda e investigadora en Cultura y Territorialidades por la Universidad Federal Fluminense, con especialización en Gestión Estratégica de Marketing.

Paulo Loiola es estratega político, socio fundador de BaseLab y fundador de PerifaLab, con amplia experiencia en marketing político y consultoría para campañas progresistas en Brasil.
Texto publicado originalmente en Revista Fórum.

Por Ultima Hora em 28/05/2026
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